jueves, 1 de noviembre de 2007

EN LA CIUDAD

(Foto: Santiago Redondo Vega)

Descienden las miradas por las cumbres
las ciudades, los edificios pálidos
se quedaron callados por principio;
detrás de la inconsciencia habita el reto
de oler a mar, despacio
entre adoquines;
pero es humo y no mar hez de mi olfato.

Deambulan peatones sin sentido
haciendo cola en rojo tras sus pasos
muñeco ámbar o verde imperativo
vital y legal sin mas medida
mirándose del hombro, como extraños.
Una cara, otra cara, apenas veo
un cuerpo que me empuja
de soslayo.

Corbatas portan a hombres, maletines
con prisa bajo el brazo,
jubilados con tiempo y poca vida,
mujeres de la compra, meros carros
ateridos de acelgas y embutido.
No hay niños ni alegría entre las fuentes,
las plazas, transiciones, van de paso
de una calle a otra calle…
y más asfalto.

Se perdió el corazón que hacía fuerte
el vínculo grandioso, amor cercano
a una porción de tierra, idiosincrasia,
forma de soñar, de decir, vivencia acaso,
de quererte del sitio donde paces,
de estar contigo mismo,
de tu espacio.

Y ahora del mundo gris y uniformado
te empeñas en creer que es más progreso,
ciudades dormitorio sin doseles
donde abunda el sucio beige de un cielo escaso
que no se ve ni aupándote hacia arriba,
ni huele a mar ni se oyen de algún tiempo lejano
cantar grillos ni ranas, ruin desprecio de soles,
aunque los busque mirando a cualquier lado
y me siento inmensamente solo
entre esta multitud
de solitarios brazos.

No tengo más privilegio por ser uno
entre un millón de ingenuos ciudadanos
que la que pueda haberme dado Dios
para escribir en verso a cada rato
de espera entre autobuses,
ahora que aquélla joven rastafari
que opaca en su color a los semáforos,
de alternativa cintura tatuada,
acaba por parirse de sus cascos
y del cordón umbilical de algún ipod
aún cuelga irreverente y sin recato
y se alimenta y nutre de sonidos
que la apartan de un mundo indiferente
tan hueco, tan lejano…

Quizá esté aquí la alternativa del futuro
pero no sé decidir cómo empezarlo.






SANTIAGO REDONDO VEGA

1 comentario:

Óscar dijo...

Tremendo poema, estimado Santiago. Me descorazona tener que admitir que esta es la ciudad nuestra de todos los días.

Un abrazo.
Óscar Distéfano