sábado, 28 de abril de 2007

ESPERANZA







No recuerdo la esquina
donde dejé de seguirte.

Pero sé que atravesé las calles,
con las manos llenas
de prejuicios
y metidas
en los bolsillos.

En mi piel hay
olores remanentes de
todo aquello:
partículas de la misma volatilidad
que mi voluntad de abandonarte.

Caminaba frenético
sobre tu estela gris
que interrumpían sólo los pasos de cebra.
Yo entonces,
saltaba,
presa del -blanco- pánico.

Y en uno de esos nerviosos ejercicios
de supervivencia,
tropecé,
saqué las manos,
y se liberaron de oscuridades
en mi caer amortiguado.
La lógica había raspado mis palmas,
trasladándose un grave dolor
desde la tierra a mi alma,
como en un circuito cerrado
de cuya existencia acababa de ser informado.
Y si el crío se duerme
con el pulgar en la boca, yo
desperté con cicatrices en
los párpados.


Eduardo González García

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